Érase una vez un príncipe
al que le gustaba pasear por el bosque montado en su maravilloso caballo
blanco.
El príncipe era un poco
despiadado porque corría mucho y no respetaba a las plantas ni a los pequeños
animalitos que en el bosque vivían.
Un día, inesperadamente,
se encontró con un hada buena y dulce que le pidió que fuese cortés y bue no y
no hiciera daño a los demás.
El príncipe se rio del
hada y, de repente, apareció un duendecillo que advirtió al príncipe que si
seguía así le ocurriría algo malo al animal que él más quería, su caballo.
El príncipe seguía
actuando mal y, sin esperarlo, una mañana su caballo pisó una trampa y quedó
atrapado por la pata. El príncipe se cayó del caballo pero no se hizo daño. Su
caballo relinchaba y relinchaba porque le dolía su pata.
El príncipe, desesperado,
pidió ayuda pero ni el hada ni el duendecillo acudieron en su ayuda porque se
había portado muy mal antes.
Detrás de un árbol, una
dulce princesa observaba lo ocurrido y pidió al hada que le ayudase al animal.
El hada por compasión, accedió a ayudar al animal pero a cambio el príncipe
debía prometer se diferente, cambiar y respetar a los demás.
El príncipe, que antes
era vanidoso y mal educado, prometió cambiar y ayudar a respetar a todos los
animales y plantas del bosque.
El hada liberó al caballo
y la princesa curó su pata.
El príncipe dio las
gracias a todos y, desde ese momento, fue mejor persona, se enamoró de la
princesa, se casaron y fueron muy felices.
Y colorín colorado este cuento se ha terminado.
